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Identidad y protección afectiva
Toda política de prevención que pretenda la modificación de conductas en el campo sexual, apela siempre a cierta responsabilidad por parte de las personas. Pero la concepción moralizante con que se utiliza hoy día el término “responsabilidad” en relación a la prevención del VIH-sida, nos muestran la lectura simplista que se hace tanto de la “responsabilidad individual” como de la sexualidad humana en general. Quienes implementan estas políticas esperan que las personas a las que van dirigidas se sientan interpeladas y, por lo tanto, actúen en consecuencia.
La idea cultural de la homosexualidad proviene de los prejuicios que, desde la heterosexualidad, rigen las relaciones entre varones y aparece implícita en frases como “hombres que tienen sexo (cogen) con otro(s) hombre(s)”, quedando la dimensión afectiva (la posibilidad de amor entre dos hombres) excluida y reservada a quienes la cultura heterosexual percibe, precisamente por su capacidad de amar a otros hombres, como maricas: los gays.
Distinguiré entre los homosexuales (varones) y los gays (varones), incluyendo en los primeros a todos aquellos hombres que, definiéndose como tales, tienen sexo con otros varones, hétero u homosexuales, sin incluir la posibilidad de una proyección afectiva del vínculo (o sea que reducen el encuentro al mero coger), mientras que denominaré gays a aquellos varones que, definiéndose como tales, incorporan a sus prácticas sexuales la posibilidad de trascenderlas a través de una relación afectiva prolongada con sus partenaires, ocasionales o no, se concrete o no.
Encontramos entonces dos poblaciones que, lamentablemente como sucede en cuanto la conducta humana está en juego, no pueden distinguirse claramente sino que constituyen un continuo que va desde aquel hombre que tiene sexo con otros iguales, pero no puede asumir los afectos que moviliza en sus prácticas (y que son reprimidos), hasta, en el otro extremo, los gays que pueden jugar al sexo desde una identidad asumida que incluye el desarrollo pleno de su afectividad.
¿Se negarán los primeros a recibir información en relación a las prácticas de sexo protegido?
Creo que a estas alturas suponer que haya alguien, varón o mujer, hétero u homo, que ignore las técnicas que conducen al sexo protegido es, sencillamente, absurdo. Si por algo se caracterizaron las campañas informativas y las políticas de prevención fue, precisamente, por un bombardeo informativo/técnico indiscriminado.
La pregunta que debería hacerse es por qué si conociendo dicha información las personas no practican sexo protegido. La respuesta a esta pregunta excede totalmente la idea de la responsabilidad individual con su carácter moralizante y culpógeno.
Presuponer que la forma en que tenemos sexo -sean cuales fueren nuestras conductas sexuales particulares- puede escindirse del contexto general en que se desenvuelve una persona, de su biografía, de la forma en que los demás consideran tales prácticas (el grado de aceptación y respeto que dichas prácticas suscitan) es, simplemente, imposible.
Las conductas sexuales de cualquier persona no pueden separarse del ejercicio de la sexualidad como un todo, y esto incluye el tener una visión positiva de dicha sexualidad y de su forma de ejercerla, de quién es uno y de la posibilidad de desarrollar vínculos afectivos acordes.
Consolidar la identidad
Desde no hace mucho tiempo circula cierta tendencia a presuponer que los procesos identitarios son contraproducentes y que fijarían a los sujetos en posiciones rígidas produciendo una automarginación que encerraría a las personas en guetos. Muchas de estas teorizaciones, generalmente provenientes de teorizaciones queer del protegido ambiente académico estadounidense (y que son tomadas acríticamente por la periferia cultural), plantean directamente una oposición a las clasificaciones y a las identidades.
Pero la marginación de un grupo determinado -gay, lesbiano, travesti o transexual en este caso- no proviene del propio grupo o de sus procesos de identificación e identidad, sino de afuera, siendo esta marginación solo una de las tantas formas de la discriminación y, para luchar contra esta, la cuestión no pasa por negar la identidad -trabajosamente adquirida como es el caso de las travestis- sino en consolidarla como proyecto político.
¿Qué haríamos sin una identidad que nos permita reconocernos como grupo y desde ahí hacer reclamos conjuntos?
“La identidad es la única forma de resistencia colectiva y la única forma de poder establecer un frente común (...). Todo lo que se ha conseguido en lo referente a derechos y libertades ha sido aportación de los colectivos que, en su momento, apostaron por la identidad. Disolver las categorías es reducir la homosexualidad de nuevo a la esfera de lo privado, íntimo y personal. Y la homofobia institucionalizada y social se disgrega entonces en actos vandálicos aislados contra individuos: la disolución de categorías lo único que consigue es disfrazar la represión, la discriminación y la homofobia (...) contra sujetos individuales que nada tienen que ver entre sí.” Ricardo Llamas (Homografías, 1999, Edit. Espasa).
En el caso particular del VIH/sida, reforzar los procesos identitarios de las personas homosexuales es básico y perentorio para que puedan llevar a la práctica la información adquirida acerca de las técnicas de sexo protegido.
Mantener relaciones sexuales con otros hombres no implica necesariamente sentirse implicado en dichas prácticas. Sabemos de muchos hombres que frecuentan saunas o cines porno y que nunca admitirían, ni ante sí mismos, dichas prácticas como homosexualidad.
El primer paso de una identidad positiva es el poder nombrarse a uno mismo como homosexual; el resto (devenir gay) vendrá con el tiempo. O tal vez nunca, y así encontramos hombres con una activa práctica homosexual que deniegan del término “gay” al no poder admitir la posibilidad de afecto entre dos hombres, sintiéndose más seguros en el anonimato de un sexo sin proyección. No pueden dar a sus prácticas otra dimensión que las exceda: no afecto, no contacto, no palabra... el anonimato más absoluto.
El sexo será percibido como independiente de otro que comparte y que queda reducido a un objeto sin nombre ni procedencia. La problemática identitaria más básica, homo/hétero, queda abolida y un placer primario será lo único a evaluar de la sexualidad, donde queda obturada toda posibilidad de afecto, y el sexo anónimo, cerrado a cualquier posibilidad exterior donde está la posibilidad del autocuidado, se constituye no en algo electivo sino en la más pura expresión represiva de la propia (homo)sexualidad.
Aquellos que no pueden ver su sexualidad positivamente y viven su homosexualidad como algo clandestino, quedan confinados al sexo marginal que no tiene nada que ver con practicar sexo en un cine porno, un sauna o un baño público, sino con la imposibilidad de optar. Deben buscar sexo donde puedan sostener ese lugar anónimo que los reduce a ser objetos del deseo ajeno, que les cierra la opción de cuidarse. Y este cuidado no empieza por ponerse un forro, sino mucho antes, con la adquisición de una identidad sexual que los ubique en el lugar de sujetos, los únicos a quienes puedo interpelar para exigir responsabilidad por sus acciones.
Dr. Ricardo Duranti
rduranti@nexo.org |